
Siempre soy optimista cuando empiezo un libro, puesto que alguna razón me ha llevado a leerlo: el tema, el título, el autor, alguien “de fiar” me lo ha recomendado, o asuntos más peregrinos como la portada. En este caso fue que creí en las promesas de la cubierta del libro: novela histórica y de aventuras más el fantasmal Buque negro, jesuitas, búsqueda de la ciudad perdida, princesas incas y la escritura a través de los quipus. Todo esto avalado por el Premio primavera de novela. Había leído el primer libro del autor: La llave maestra. Lo que no puedo negar es que se aprende mucho, léxico incluido, y que son temas que me resultan muy interesantes. Ambas novelas caen en los mismos tropiezos para el lector: un exceso de datos, más en la segunda, hace que la historia se vuelva difusa. Una árbol genealógico no hace que te familiarices con los personajes, demasiados. Llegan a verse como una multitud en la que no distingues rasgos, no se hacen cercanos.
También me resultaba molesto y me llevaba a perderme la perspectiva del narrador, narra en tercera persona, pero parece una primera. Siempre estamos al lado de Sebastián de Fonseca. Sus enemigos parecen títeres de fondo, ya sabemos quiénes son, no hay mucho misterio, aunque se van dosificando los porqués. Así quedan simplemente como malos, que es aburrido.
Aparece de nuevo la táctica de alternar dos épocas como en la Llave maestra, inclina la balanza hacia la historia, la parte de aventuras se resiente, se ralentiza. La parte de la Crónica en sí misma está más conseguida que la del siglo XVIII, cuando se termina la lectura se hace mucho más pesada.
Los misterios se posponen, dices…bueno pues ya me enteraré. Se dejan atrás asuntos e historias que apetecía recorrer. La sensación es que de esta novela salen cuatro, que sobran muchas páginas. Yo me quedaría con la historia de Quispi Quipu, es la línea más clara que podría llevar al final sin tanta vuelta, es el personaje más real, sientes empatía por ella y su historia, además de ser el núcleo del argumento. El nudo de sangre queda perdido entre la maraña de detalles y aparece de vez en cuando.
Creo que voy a buscar una de detectives de toda la vida, bien rapidita y con poca gente. Tengo que prepararme para otro novelón, que es lo que a mí me gusta.
Agustín Sánchez Vidal, Nudo de sangre, Espasa Calpe, 2008
Y si pensamos por tramas, si necesitamos organizar nuestras ideas por redes, ¿por qué no escribir con hilos y nudos? ¿Por qué no tejer los textos? ¿No es lo que hacemos cuando anudamos un pañuelo o un dedo alrededor de un dedo, para acordarnos de algo? O al rezar el rosario: sólo son nudos en una cuerda, pero si se conoce lo que significan, también sirven para contar una historia. pá.93













Desapareció la página.
Soy un Snapdragon

