
La edad me vuelve más sensible al ruido, incluido el ruido de ciertas palabras y expresiones; resultan tan agresivas como ridículas. Algunas de uso cotidiano, sobre todo en televisión. Por ejemplo, me chirrían: No te voy a permitir que…tan ridícula como peligrosa porque envalentona al receptor que no necesita permiso. Me parece pretenciosa, ¿cómo se permite, o no, un pensamiento, una sospecha, expresarse, algo de esta condición tan poco sometida a normas y leyes? La mejor manera de no permitir es desaparecer de escena. Otra que odio especialmente es ese…No te pongas nerviosa…que te espetan cuando estás tan tranquila que normalmente pones de los nervios a quien lo suelta; además, ¿por qué no me puedo poner nerviosa en caso de querer hacerlo? Otra orden del mismo palo, país de sargentos chusqueros…No te pongas así…dice alguien que ha llegado con la insana intención de lanzarte un cuchillo cuidadosamente afilado; ¿Qué ley prohíbe ponerse a una como han buscado que se ponga? Son expresiones propias de personas especialistas en sacar de quicio, de las que se nutren del mal rollo y acechan, esperando entre la maleza. Luego está el grupo de los videntes: yo lo sabía…pues haberlo dicho, Nostradamus. Voy a recoger expresiones desagradables para quemar la lista en cualquier momento, como se puede quemar en Nochevieja, en San Juan, en todos los solsticios y equinoccios, no me faltará oportunidad.













Desapareció la página.
Soy un Snapdragon

