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Archive for 30 septiembre 2007

Tu rostro mañana.

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Los tengo. Puedo empezar. Por fin ha salido la última parte de Tu rostro Mañana; en cuanto me enteré fui como una bala a la librería nueva de mi barrio (también hay librerías en los denostados centros comerciales) No sé cómo hacen el casting de vendedores de libros, pero esta vez tuve más suerte que hace unos quince días cuando pregunté, en la misma librería, si ya había salido el último de Javier Marías. La dependienta me miró con cara de ¿quéééé? Y comprobó sus archivos para darme la terrible noticia de que hasta enero nada. Le dije que vale, con la intención de intentarlo de nuevo, yo ya había visto un extracto de unos capítulos en la editorial y sabía que estaba al caer. Esta vez ya he ido a por el libro, se ha anunciado su venta, no con tanto ruido como otros, eso sí. Allí estaba, formando una montaña azul de gordísimos volúmenes. Cogí uno rápidamente por si alguien los compraba todos y me dejaba a dos velas. Al ir a pagar, me atendió otro dependiente con más méritos para librero. Hablamos de la emoción de que hubiese salido ya, los dos llevábamos años guardando los  anteriores para leerlos todos de un tirón, como dios manda; sopesamos, con deleite, si tenía más páginas el tercero que el segundo. Los lectores de pro tenemos manías similares, somos fácilmente reconocibles. Siempre es una alegría encontrar a uno vendiendo libros. Ahora, a leer.

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Pandora en el congo 

 Todo el barrio se ha puesto de otoño. Ha llegado, como casi todo en la vida, os lo digo yo que soy ya otoñal, de repente.  Me han entrado pensamientos melancólicos en los que me encuentro muy a gusto. Para no darle a este asunto matices invernales, contaré una de esas ocurrencias, que diría mi vecina Rosa, que te vienen en momentos de relativa calma.  Me he topado con un libro que había dejado empezado antes del verano y ha desatado mis añoranzas. Es sabido por todos, hasta en la tele lo dicen, que los olores, las canciones…quedan asociados a momentos de nuestra vida hasta tal punto que, cuando aparecen los ya vividos, nos llevan allí impregnados de una nostalgia imposible ya de desligar. Con los libros ocurre lo mismo. Siempre hay algún libro ligado a espacios y tiempos ya transitados. Para mí, en el caso de los lugares, con los libros he transportado la paciencia, que no es una de mis virtudes aunque tengo varios masteres en la materia. Por ejemplo, hay libros de hospitales que me han acompañado cuando he tenido que cuidar a algún familiar enfermo con pocas ganas de conversación y muchas horas por delante. Mi bolsa de emergencias siempre contenía dos o tres libros, mi cuaderno, caramelos y una radio pequeña, con auriculares, claro (Afortunadamente mi Ipod no ha cumplido hasta ahora estas misiones) De estos recuerdo algunos: Gore Vidal: Myra Breckinridge y Myron, tan entretenida  estuve en el hospital cuidando a una de mis tías, hace más de veinte años y aún me acuerdo; de hospitales más cercanos son La aventura del tocador de señoras de Eduardo Mendoza y El guitarrista de Luis Landero. También hay libros que hacen soportar viajes largos, con esperas tediosas y, si son para el trayecto, sólo en tren, es el único medio de transporte que no marea. Luego, hay dosis más pequeñas de paciencia que llevar: salas de espera del médico, o momentos en los simplemente hay que esperar en un sitio. Ya hablé de los cuentos para estas ocasiones. Otros recuerdos que traen los libros son a quien te lo regaló o recomendó, se convierte en una presencia que te acompaña durante la lectura. También tienen pasado, tiempo guardado en sus hojas; cada momento de la vida tiene sus libros y si no tienes demasiada memoria, como me ocurre a mí, puedes recuperarte a través de lo que has leído.  ¿A qué viene esto? Además de la llegada de la melancolía en la que me sumerjo y empapo, viene por el encuentro del libro que he mencionado al principio. Es Pandora en el Congo y lo leía en paradas de paciencia diversas antes de llegar el verano, estaba forrado con un folio de cuadros para poder anotar y desapareció al emprender nuevas actividades. Lo he retomado como libro de paciencia y con su dosis de añoranza de lugares y situaciones pasadas por las que no volveré a transitar. El libro es divertido. Tiene descripciones muy ingeniosas. Si has leído La piel fría, no te sorprende tanto, pero se lee con gusto y tiene cierto toque de tebeo (en mi niñez no había cómics) que resulta gracioso. Lo mejor, los personajes. Como destripar argumentos me parece de gente sin fundamento ninguno, dejo alguna muestra de Pandora:

Mantener una conversación con ella era como pasear por un bosque de cactus. Tenía una voz áspera, remota, era como oír a una momia que nos amenazase desde ultratumba por incumplir algún tabú sagrado (Pág.37)

Habla de la casera. Su tortuga no se queda atrás…

Era angustioso verla, más delgada que una salchicha y con la piel de reptil tensada a lo largo de su cuerpo…corría como un escarabajo (Pág.39)  

Me voy con mis melancolías a supervisar los deberes, siempre inexistentes o tiraos, de Dani.

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Otoño. Me gusta.

 

Otoño

Tristeza dulce del campo…
La tarde viene cayendo;
De las praderas segadas
llega un suave olor a heno.
 
Los pinares se han dormido.
Sobre la colina, el cielo
es tiernamente violeta;
canta un ruiseñor despierto.
 
Vengo detrás de una copla
que había por el sendero,
copla de llanto aromada
con el olor de este tiempo;
 
una copla que lloraba
no sé qué cariño muerto,
de otras tardes de septiembre
que olieron también a heno.
 
J.R. Jiménez, Pastorales

 

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  Una costumbre, manía la llaman Quique y Dani, es la de asomarme al balcón cada mañana nada más poner el pie en tierra. Quiero saber en directo el día que me espera, los de la radio viven en barrios con otro clima. Para mi desgracia, ahora veo esto: obras. Quique dice, con ese humor ¿urbano?, “que ni que tuviera que tirarme por el balcón, que salga por el garaje, es lo suyo” ¿Qué me encuentro nada más salir del garaje?: obras, avanzo hacia mi salida a la autovía, obras, salgo a la autovía, más obras…A estas alturas ya se me ha puesto cara de conductora psicópata y llevo un rato con la terapia de soltar exabruptos y poner verdes a los mil quinseptiembre-07-obras-ientos que me rodean y van sorteando obras conmigo; eso sí, lo hago con las ventanillas cerradas y la mayor de mis sonrisas torcidas tras el volante, en lo más recoleto de mi vehículo. Oye, que relaja mucho y el día es muy largo. Bueno, pues allá vamos los mil quinientos uno a paso poco ligero por la autovía. En este momento siempre me acuerdo de la película aquella, basada en un cuento de Stephen King, del camión asesino que perseguía a un pobre desgraciado y convenció a sus colegas motorizados para perseguir humanos. No puedo evitar mirar por el retrovisor e imaginar que el camión me mira relamiéndose. Una vez ha pasado este momento…siguen las obras. obras.jpgY yo,esta vez,  me acuerdo, sin sonrisa torcida ni nada ya, de todos los eventos internacionales y sus inventores desde el de Atapuerca, sería el primero digo yo que aquello también tiene pinta de obra, hasta el presente. ¿Qué hacer? No voy a decir leer, claro, casi. Lo que hago es comer caramelos sin azúcar y escuchar audiolibros, esta manía mía de que me cuenten historias…Hay cada vez más en español, en inglés todo. Los hay, yo soy muy mayor, en casete, en CD, también los puedes descargar de Internet y guardarlos en tu mp3 o Ipod y conectarlos a los altavoces del coche, esto me lo enseñó mi niño. ¿Qué hubiese sido de mí un mes de enero entre nieblas sin los Miserables dramatizado por diferentes actores con un tremendo acento mejicano? Casi prefiero que lean simplemente, pero tiene su gracia. En el Círculo de lectores también hay: El cartero de Neruda, Delibes, le tengo especial cariño a un casete de hace años de Manolito Gafotas. La verdad que me sirve cualquier novela, la poesía ya no es para estos atascos. Tengo preparada alguna novela bien larga de Crichton para unos cuantos viajes, ¡ah! Y la Dama de las camelias. No diré que estoy deseando echarme a los caminos, pero se hará más ligero.

 

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Recoge ya en el seno…

…el campo su hermosura

   Hay indicios claros del otoño. El calendario, al fin y al cabo, es una constatación que no cambia tu vida. A finales de agosto ya asomaban los anuncios de coleccionables y de vueltas al cole. A mí el alma se me encoge; por una parte, adiós al dolce far niente …a leer el periódico o una revista de buena mañana, mientras tomas los cafés que hagan falta, a las horas interminables de novelones…Pero, por otra, cada mochuelo a su olivo, el niño con su mochila y libros nuevos, yo con mis gafas nuevas y Quique sin estrenar nada, es él así. Volvemos a la rutina que es lo que nos sostiene.  Alguien se ha percatado de esta incertidumbre y lo ha traducido en publicidad. Los primeros coleccionables, de libros claro, fueron inquietantes: Osho y Stephen King. ¿Para equilibrar? ¿Una conspiración para perturbar nuestras mentes ante las próximas elecciones? Yo, que soy mal pensada me inclino por esto último. Osho, a través de la Biblioteca del bienestar emocional, libros y DVD (siempre hay alguno peor-pensado que yo y le mosquea que el bienestar venga por un libro) promete armarnos de herramientas para encontrar nuestra propia esencia. No sé si quiero, las esencias cuanto menos se busquen, mejor, que luego la gente se ilumina y no hay quien los pare. Estos libros son un eslabón más de la frivolidad en la que vivimos; después de años de asistir a yoga con otras amas de casa, sé mucho de esto. Formas de vivir, culturas mucho más antiguas que la nuestra se supone que vamos a conocerlas y asimilarlas en dos tardes. Una capita oriental como quien se pone unos pendientes.    Stephen King, esto son palabras mayores. Yo no puedo leerlo, ya lo dice Quique, qué floja eres Loli. En materia de sangre y escabechina, yo no paso de los primeros auxilios, hasta ahí lo atiendo todo, pero cuando pasamos a vísceras, litros de sangre y otros mondongos, pues no, sean vistos o leídos, que la ficción tampoco es obligatoria. Esto me ha ocasionado rupturas familiares, tanto el niño como su papá son adictos a todo tipo de series con muertos y tripas, sea CSI, House…y no te digo películas. A mí no me gustan, no le veo la gracia a estar todo el rato tocando porquerías con palitos, prefiero a Osho, no digo más.  Luego siguieron las colecciones de Johanna Lindsey y Victoria HoltAmor, pasión y aventura, Tierna y rebelde o Ríndete amor mío…las llaman novelas románticas. Mi vecina Montse es adicta, siempre me dice que cuando quiera que me presta alguna, igual acepto a ver, para poder contarlo con propiedad, ella dice que al menos la sacan del carrito de la compra y de los ronquidos de su marido. Supongo que serán como esas películas que ponen después de comer, las de hechos reales no, las otras. Siempre son argumentos con grandes pasiones y tragedias, familias ricas que reconstruyen imperios ladrillo a ladrillo, y en el último momento llega un madelman última generación a consolar a la protagonista, que ha tenido la previsión de enviudar. Se mueven en un mundo descontextualizado, entre champán y tres o cuatro pares de sábanas 5×5(metros), para poder envolverse todos cuando salen de la cama. Bueno, ¿por qué no? mal no te va a hacer, que dice Montse.  Este coleccionable me asusta más. La biblioteca de César Vidal. De entrada, advierte “muchos han quemado mis libros”, bueno, será en alguna reencarnación que no ha podido olvidar, si leyese más a Osho. Ves la publicidad y los títulos previstos y asusta más aún, no parece de este mundo: tiene un montón de carreras, libros para aburrir, lo mismo te habla de hace dos mil años que de ayer por la tarde, novelas históricas, estudios, hace programas de radio, sale en televisión ¿Y escribe? Qué pereza. A mí la hiperactividad me abruma. No conozco a ninguna vecina que lo lea, así que lo dejaré para otra ocasión, nunca se sabe, no creo que quemen todos sus libros enseguida.   Luego, están los de siempre, Agatha Christie, va a ser la única que conozco.  Esperaremos más. Ahora, voy a preparar la última ensalada de garbanzos del verano. Continuará…

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