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Posts Tagged ‘Melancolía’

Hacer compañía

 compañía

La melancolía de este otoño extraño me trae por aquí otra vez.  Me refugio en mi casa-blog. Estoy comprobando, más bien confirmando,  cómo los seres humanos tienden a los grandes gestos, pero se olvidan de lo que importa. No es aquello del dedo y la luna, el árbol y el bosque, ni lo invisible… ni ninguna historia de esas que te quedas con cara de vaya cara tonto si no sé qué quiere decir. Me dan escalofríos cuando oigo aquello de aquí me tienes para lo que haga falta, el trasunto es: sé que no va a hacer falta o échame un galgo cuando la haga; o lo de si me necesitas… ¿qué pasaría entonces? Es más fácil…aquello del detalle, lo pequeño: una llamada para nada, porque me acuerdo, un e-mail ahora que es sencillo y asequible. Pero claro, hace falta que realmente te interese acordarte más allá de quedar bien. La navidad que llega es el remate, siempre me ha gustado, eso sí, pero la superficialidad nos invade más aún. La verdad es que el Principito lo explica muy bien, más bien, el zorro. Pero no nos quedemos en ramas cursis, la interpretación, no la obra por dios. Me chirría poner el corazón por medio, ¿para qué tenemos cerebro? Para saber, analizar, intuir, etc. Hace falta mucho cacumen para encontrar el matiz preciso de una de las acciones más difíciles “hacer compañía” , apenas se utiliza ya la expresión salvo para hablar de perros o gatos; realmente podríamos aprender de ellos, cada uno a su manera, siempre están ahí, intuyen cuando su dueño (no voy a buscar otra palabra, es nuestra, no sé cómo nos llaman ellos) los necesita, con un gesto, una patita, un lametón lo dicen todo, sin molestar ni acaparar, sin que sea más importante su presencia que el desánimo de la otra persona. Qué pena, parta hablar de esto sólo se me ocurren ejemplos de animales…

 

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loliluna

Ayer vi,  TVE1,  a Jesús Hermida en un programa especial por los 40 años de la llegada del hombre a la luna. Todo me producía nostalgia. El hecho: yo también me acuerdo de ese acontecimiento de mi infancia. No recuerdo haberlo visto en televisión entonces; mi recuerdo es mi abuelo asegurando que los rusos ya habían llegado y no lo iban contando por ahí, pero que, claro, aquí no lo iban a decir, de todas formas. Eso sí,  lo vio entero por si había alguna irregularidad en la NASA. Más nostalgia: el propio presentador, los tiempos pasados de televisión; fue muy parodiado, pero cuenta muy bien las historias, con detalles y sin prisas. Los invitados estaban más bien de comparsa. Fue un acontecimiento histórico y científico con tintes de ficción. Antes de los tres astronautas, habían ido muchos novelistas, poetas, guionistas…era conocida por los licántropos, los vampiros y los enamorados de postal cursi; otros poetas renegaron de ella y le tiraron piedras. Los programas sobre el Universo (más nostalgia: Cosmos) dejan siempre un ánimo similar a la poesía, de haberse asomado a una realidad demasiado inmensa. A mí me gusta todo mezclado. Me siento muy acompañada por el Universo. Es uno de los pocos referentes seguros, siempre está ahí. Al menos más allá de la atmósfera las cosas funcionan. Visto en directo, en campo abierto, produce algo parecido al síndrome de Stendhal, quizás por las pocas oportunidades de hacerlo.

 http://earth.google.es/moon/index.html

http://www.lanasa.net/

http://www.nasa.gov/home/index.html

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Halloween extraño

lazo negro

Hola vecinos. Hace días que no abro las ventanas ¿Por qué? Vivo en el coche, allí, arrumbada, entre atascos, obras…yendo a trabajar con premeditación y nocturnidad. La semana pasada me acompañó durante un par de días una esplendida luna llena, que iba cambiando de color y tamaño antes del amanecer: amarilla, grande, blanca, cada vez más pequeña…  Quizás ha provocado que mis pensamientos y ánimo sean melancólicos, raros. Por una parte, mi niño empezó con el Halloween, cosas de su profesora de inglés; a mí, cada día más desfasada generacional, las calabazas me recuerdan el Un, dos, tres y a naranjito; Por otra parte, vuelvo a la literatura de terror. He buscado cuentos para mi niño que ya está en edad de leer cosas más interesantes y dejarse de calabacitas. He releído mis cuentos de Siruela, la selección de Italo Calvino y una anterior de Borges. Me resulta inquietante El país de los ciegos de Wells y por supuesto Poe, La máscara de la muerte roja es de mis favoritos.   Hasta aquí, la ficción en su sitio y yo, que también lo soy, en el mío. La melancolía se volvió extrañeza, incredulidad…no encuentro la palabra precisa, cuando una noche de sábado me dispuse a escuchar uno de esos programas que, junto a los ronquidos de Quique, acompañan mis insomnios, de esos que cuentan historias, hablan con tiempo y tranquilidad : La rosa de los vientos. No estaba. Al día siguiente leí en el periódico que su presentador y conductor había muerto. Este clima de Halloween, luna llena, lecturas, terror…quedó desbordado por la realidad de la muerte, tal y como la cuentan los poetas: caprichosa, igualadora, sin prejuicios de color, sexo, raza o edad. Sólo deja un gran vacío ante el que la vida no para, sigue con una crueldad arrolladora. He sentido esta muerte.   Sigo con esta sensación extraña. Mientras escuchaba a Dani comentar con su amigo Pirri, horror de niño, los programas que a este le gustan, me he sentido, por un momento, prisionera de un Gran hermano global ¿Alguien nos observa? ¿Se han marchado y nos hemos quedado atrapados? Nos van expulsando y no sabemos cuándo ni por qué. Para colmo,  no podemos dejar el juego cuando nos cansamos, las consecuencias son demasiado caras, sólo se juega una vez.

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Pandora en el congo 

 Todo el barrio se ha puesto de otoño. Ha llegado, como casi todo en la vida, os lo digo yo que soy ya otoñal, de repente.  Me han entrado pensamientos melancólicos en los que me encuentro muy a gusto. Para no darle a este asunto matices invernales, contaré una de esas ocurrencias, que diría mi vecina Rosa, que te vienen en momentos de relativa calma.  Me he topado con un libro que había dejado empezado antes del verano y ha desatado mis añoranzas. Es sabido por todos, hasta en la tele lo dicen, que los olores, las canciones…quedan asociados a momentos de nuestra vida hasta tal punto que, cuando aparecen los ya vividos, nos llevan allí impregnados de una nostalgia imposible ya de desligar. Con los libros ocurre lo mismo. Siempre hay algún libro ligado a espacios y tiempos ya transitados. Para mí, en el caso de los lugares, con los libros he transportado la paciencia, que no es una de mis virtudes aunque tengo varios masteres en la materia. Por ejemplo, hay libros de hospitales que me han acompañado cuando he tenido que cuidar a algún familiar enfermo con pocas ganas de conversación y muchas horas por delante. Mi bolsa de emergencias siempre contenía dos o tres libros, mi cuaderno, caramelos y una radio pequeña, con auriculares, claro (Afortunadamente mi Ipod no ha cumplido hasta ahora estas misiones) De estos recuerdo algunos: Gore Vidal: Myra Breckinridge y Myron, tan entretenida  estuve en el hospital cuidando a una de mis tías, hace más de veinte años y aún me acuerdo; de hospitales más cercanos son La aventura del tocador de señoras de Eduardo Mendoza y El guitarrista de Luis Landero. También hay libros que hacen soportar viajes largos, con esperas tediosas y, si son para el trayecto, sólo en tren, es el único medio de transporte que no marea. Luego, hay dosis más pequeñas de paciencia que llevar: salas de espera del médico, o momentos en los simplemente hay que esperar en un sitio. Ya hablé de los cuentos para estas ocasiones. Otros recuerdos que traen los libros son a quien te lo regaló o recomendó, se convierte en una presencia que te acompaña durante la lectura. También tienen pasado, tiempo guardado en sus hojas; cada momento de la vida tiene sus libros y si no tienes demasiada memoria, como me ocurre a mí, puedes recuperarte a través de lo que has leído.  ¿A qué viene esto? Además de la llegada de la melancolía en la que me sumerjo y empapo, viene por el encuentro del libro que he mencionado al principio. Es Pandora en el Congo y lo leía en paradas de paciencia diversas antes de llegar el verano, estaba forrado con un folio de cuadros para poder anotar y desapareció al emprender nuevas actividades. Lo he retomado como libro de paciencia y con su dosis de añoranza de lugares y situaciones pasadas por las que no volveré a transitar. El libro es divertido. Tiene descripciones muy ingeniosas. Si has leído La piel fría, no te sorprende tanto, pero se lee con gusto y tiene cierto toque de tebeo (en mi niñez no había cómics) que resulta gracioso. Lo mejor, los personajes. Como destripar argumentos me parece de gente sin fundamento ninguno, dejo alguna muestra de Pandora:

Mantener una conversación con ella era como pasear por un bosque de cactus. Tenía una voz áspera, remota, era como oír a una momia que nos amenazase desde ultratumba por incumplir algún tabú sagrado (Pág.37)

Habla de la casera. Su tortuga no se queda atrás…

Era angustioso verla, más delgada que una salchicha y con la piel de reptil tensada a lo largo de su cuerpo…corría como un escarabajo (Pág.39)  

Me voy con mis melancolías a supervisar los deberes, siempre inexistentes o tiraos, de Dani.

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Efecto lupa

lobaton.jpg

  Hoy estoy, como diría mi vecina Charo, desmadejada. No tengo ganas de nada. Justo para las labores de mantenimiento. Ni siquiera he pasado por mi rincón de lectura. Total, que aquí estoy tirada en mi sofá desde hace horas viendo programas vespertinos, de los que basan su formato en el efecto lupa ¿Qué es esto? ¿Qué ocurre en lo más recóndito de nuestro cuarto de baño, bajo cuatro candados, lejos hasta de la mirada del perro, cuando nos depilamos toda la cara en un espejo de aumento? Terrible espectáculo. Pues eso hacen estos programas: poner una situación, personaje, historia, normalmente de escaso interés, bajo  un efecto de aumento, sin matices, sin contexto, con imágenes sesgadas y mucho ruido. Realmente agotador. Para colmo ya no se cuentan las cosas. Lo importante son las imágenes que se acompañan de palabras vacías y absurdas. No se vaya a creer nadie que soy de las queapenasvelatelevisiónsolohagozapin, no. Hay programas que me gustan y me tienen enganchada.  Me gustan, por ejemplo, los programas que nos cuentan una historia, bien contada y con buena dicción, sea cual sea el contenido. Recuerdo cómo me miraban mis amistades más progres cuando decía que a mí me gustaba el programa de Lobatón ¿Quién sabe dónde? Me encandilaba la parte de las historias de los desaparecidos, con fotos en blanco y negro acompañando a la voz de Lobatón, perfecta, te envolvía y hacía grandes las historias más corrientes, convertidas en pequeños y cuidados relatos que no hablaban de la fulana o la mengana que no aparece sino de una joven mujer que salió de su casa un día… Un programa que me gusta por esta razón es Milenio 4 ¡Qué bien cuentan las historias! Te ponen el corazón en un puño, no de miedo sino porque tienes que esperar hasta que terminan de contarla.  Mucho presentador(a) macizo(a) o fashion, pero cuando abren la boca, como el chiste aquel que no pienso repetir Pa c… ¿Ya no hay locutores? No voy a pensar en lo que queda de día, quizás lo arreglaría un…  

                                                   

magnum essence

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