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Posts Tagged ‘Otoño’

Hacer compañía

 compañía

La melancolía de este otoño extraño me trae por aquí otra vez.  Me refugio en mi casa-blog. Estoy comprobando, más bien confirmando,  cómo los seres humanos tienden a los grandes gestos, pero se olvidan de lo que importa. No es aquello del dedo y la luna, el árbol y el bosque, ni lo invisible… ni ninguna historia de esas que te quedas con cara de vaya cara tonto si no sé qué quiere decir. Me dan escalofríos cuando oigo aquello de aquí me tienes para lo que haga falta, el trasunto es: sé que no va a hacer falta o échame un galgo cuando la haga; o lo de si me necesitas… ¿qué pasaría entonces? Es más fácil…aquello del detalle, lo pequeño: una llamada para nada, porque me acuerdo, un e-mail ahora que es sencillo y asequible. Pero claro, hace falta que realmente te interese acordarte más allá de quedar bien. La navidad que llega es el remate, siempre me ha gustado, eso sí, pero la superficialidad nos invade más aún. La verdad es que el Principito lo explica muy bien, más bien, el zorro. Pero no nos quedemos en ramas cursis, la interpretación, no la obra por dios. Me chirría poner el corazón por medio, ¿para qué tenemos cerebro? Para saber, analizar, intuir, etc. Hace falta mucho cacumen para encontrar el matiz preciso de una de las acciones más difíciles “hacer compañía” , apenas se utiliza ya la expresión salvo para hablar de perros o gatos; realmente podríamos aprender de ellos, cada uno a su manera, siempre están ahí, intuyen cuando su dueño (no voy a buscar otra palabra, es nuestra, no sé cómo nos llaman ellos) los necesita, con un gesto, una patita, un lametón lo dicen todo, sin molestar ni acaparar, sin que sea más importante su presencia que el desánimo de la otra persona. Qué pena, parta hablar de esto sólo se me ocurren ejemplos de animales…

 

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la chica que soñaba... Una buena manera de despedir el Otoño, terminé el libro. Otra vez a esperar, ahora será el último. En este Lisbeth ha sido la protagonista. Como en la novelas de toda la vida, conocemos su pasado, entendemos por qué es como es; también va creciendo, cambiando. Ha hecho algo sorprendente e impropio de ella en este tiempo que no la hemos visto. Sigue creando complicidad y simpatía, al menos a mí y a los personajes de la novela que han tenido más relación con ella.

Sin tener en cuenta el prólogo, la novela ha ido ganando tensión, desde un apacible principio en las playas del Caribe, con todo lo que tiene el Caribe y más si está Lisbeth Salander por allí. Se han complicado las tramas y el lector está como los primeros espectadores de la televisión, con más información que los personajes y mordiéndose las uñas por no poder meter la cabeza a través de las páginas y avisar. La tensión también aumenta por el peligro que va acechando a los personajes.

La visión que da de la mayor parte del periodismo, más que una crítica, es una realidad que vemos cada día. Resulta contradictorio que cuanto más fácil es acceder a la información, más engañado se pueda estar. Lo mismo ocurre con la corrupción en esos personajes misteriosos que controlan todo, en el bando de los delincuentes y en el de los que deberían ocuparse de ellos.

El final deja una desolación doble: Hasta el verano no hay más y será la última. Supongo que conoceremos a la hermana de Lisbeth. No sé qué pasará con ella, con ella y Blomkvist, ni con Millenium

¿Cómo celebraría las navidades? Supongo que con un paquete de Billys Pan Pizza, café, leche y Malboro.

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Ya viene

 

  Me gustan los ritos, manías dicen Quique y mi vástago. Me gusta vivir en lugares donde se note el paso de las estaciones, que haga frío y calor. Que el Otoño, mi favorito,  marque el paso. Poder ya vienequitarme el abrigo y la bufanda, poner el edredón en la cama, comer sopa y borrajas… Los inviernos cálidos resultan al final aburridos.

 El Otoño está lleno de pequeños cambios que hacen más llevadera la vuelta al trabajo: nos cambian la hora y parece un regalo matutino, todo se tranquiliza, el sol deja de gritar.

 Ya se aproxima un nuevo ciclo. Estos días han amanecido con una niebla espesa, de cuento. Hacía tiempo que no disfrutaba de la niebla; dejarme los ojos en la línea blanca de la carretera o en los faros del que va delante, casi me hizo olvidar cuánto me ha gustado siempre. La niebla da una atmósfera de irrealidad a lo cotidiano que parece detener el tiempo. Sigo leyendo La muerte de Arturo e imagino muchos paisajes envueltos en ella.

Ya llega: En la calle ya se anuncia la navidad. Ya han colgado la estrella y el Felicidades en el Corte inglés, ya se pueden comprar nacimientos, espumillón, etc. Me gusta la navidad ¿consumismo? nadie te obliga a comprar, ¿hipocresía? la de todo el año, ¿tristeza? bueno, su dosis. Me gustan los relatos de navidad, el Cuento de navidad, Mujercitas con esa cena que llevan a los niños más pobres que ellas…Las películas de navidad, para mí es Matar a un ruiseñor, no sé por qué, yo la veo en navidad.  Es una época de ciencia ficción, se diluyen los años, la sensación es parecida siempre, se borra el tiempo. Bueno, voy a terminar mis libros empezados, para que la navidad me pille con uno de los de siempre ¿Alguna propuesta?

 

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Dientes de leche

 

La portada me llamaba a gritos. Lo último que había leído del autor era María bonita que me dejó buen sabor. No me apetecía leer Dientes de leche por el momento histórico de la Guerra civil, es un tema que pesa porque fue verdad, lo que lees ocurrió a tu familia y a las de al lado. Para nuestra generación, la del autor, es parte de la historia transmitida por abuelos, padres, tíos…machaconamente, durante toda la vida. La parte de historia que hemos vivido, con “uso de razón”, es la del optimismo, la de olvidar y perdonar, convivir, el final de esa historia, lo nuevo, la libertad sin ira. Por eso, cuando ves que no es así, que todavía quedan víctimas, malos entendidos, actitudes que crean nuevas victimas…produce un desasosiego cercano al miedo, un miedo indefinido ¿Cómo será el futuro de mi Dani y de todos los Danis, de sus hijos?

Vi la portada de la edición de Círculo de lectores, donde está la fotografía completa, con fondo. Un niño pertrechado y con ademanes de adulto, vaya ademanes. Cualquier niño en situaciones similares me produce rechazo y odio hacia quien lo ha puesto ahí, sean niños cantando o bailando como ancianos resabiados, vestidos y pintados como miniaturas de lo que nunca deberían ser. Disfrazar a un niño de adulto me parece cruel y más si se añade aquello de…si es él el que quiere…cantar, actuar, lo que sea. Anda que no habrá disfraces para jugar. El niño de la foto está serio, no está jugando, no puede ser una de esas historias de maravillas entre las desgracias, que aguanto tan poco como las de niños que no lo son, tanto en libros como en películas.

Al grano Loli, oigo la voz de Quique, como sabéis marido silencioso y sentencioso, en off. El grano de la novela es el miedo, durante la guerra, después y, sobre todo, el que provoca en todos los demás un tipo de personaje, Raffaele,  perfectamente dibujado como un fantoche, pariente de don Friolera. El peor miedo es el que llega por donde se espera cariño, seguridad, confianza…Este sentimiento doble de miedo provoca otro igual de venganza en uno de sus hijos, Rafael. Además de la venganza fría, calculada, muy satisfactoria como tema de novela, va más allá, hay un deseo de desenmascarar a quien ha hecho tanto daño, es una necesidad, una misión. La propia vida ha puesto al personaje en su sitio por dos veces a través de sus hijos Lucca y Paquito, a quienes rechazó. Cada personaje ofrece una perspectiva diferente ante la misma situación.

El principio de la novela se me hizo pesado, la parte que se centra en la historia de Raffaele, su llegada a España, la guerra y el principio de la posguerra. Quizás por el personaje o porque está más “contado” hay menos detalles que te hacen vivir las situaciones. Me hizo revivir mis frustraciones escolares ante los libros de historia, mucha guerra púnica, muchos cien años, mucho rollo, pero ¿cómo se vestían, qué comían, cómo pasaban el rato…? vamos que donde esté una novela, eso decía yo. Luego ya toma más vida, aparecen nuevos personajes, los hijos, van creciendo, cada uno a su manera, hay detalles cotidianos…No sabes cómo va a terminar aquello, como la vida misma. No pienso contar más. Como en los buenos novelones, los personajes siguen sus vidas más allá del tiempo compartido con nosotros, me gusta especular qué habrá sido de este o del otro, si vivirán en el mismo sitio, incluso echar un vistazo si paso por ahí.

Lo que sientes es miedo.Toda tu vida le has tenido miedo.Y se lo sigues teniendo.pág.224

 

Ésta pronunció una frase que Alberto no olvidaría jamás: Lo malo de las malas personas es que nos hacen peores. Era cierto. Al lado de su padre él siempre se sentía peor persona: rencoroso, mezquino, suspicaz…pag.226

 Ese hombre(…) estaba conociendo la experiencia de convivir con el miedo del mismo modo que, muchos años atrás, la había conocido su abuelo Modesto. Así el sufrimiento de éste quedaba vengado. Pero aún había que vengar a otro Modesto, su tío.pág.266

Porque no había ideología o credo político que no se aplicara a las cosas pequeñas de la vida, y el fascismo envenenaba todo lo que tocaba. Rafael y Alberto estaban muy lejos de comulgar con las ideas políticas de su padre y, a pesar de todo, éstas habían manchado sus vidas y contribuido a hacer de ellos lo que ahora eran: unos adultos que se enfrentaban a su anciano padre con la rabia de los adolescentes.pág.320

Ignacio Martínez de Pisón, Dientes de leche, Círculo de lectores

 

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Otoño, bienvenido

EL PARQUE

 

Sobre la hierba, donde orillan la avenida bancos sin nadie, pequeños en la distancia al pie de los grandes árboles, la luz matinal cae en haces alternados con otros de sombra. Los troncos, componiendo la perspectiva, parecen desde lejos demasiado frágiles para sostener, aunque aligerada por el otoño, la masa de sus frondas, a través de las cuales se transparenta el celeste tan leve del cielo, indeciso aquí y allá entre el rosado y el gris. Un viso de oro lo envuelve todo, armonizando los diferentes verdores, más que como obra de la luz, como obra del tiempo sedimentado en atmósferas sucesivas. La naturaleza a solas recoge en su seno tanta calma y tanta hermosura, originadas y sostenidas una por otra, igual que sonido y sentido en un verso afortunado.

A la tarde, el viento se lleva por la alameda algo que en su alada rapidez no se sabe si son hojas secas o doradas aves migratorias. Tibia la hora, algún grupo de árboles manteniendo su verdor intacto, las palomas revuelan tocadas de ímpetu vernal, y los niños vienen con sus triciclos, con sus cometas, con sus veleros. Si bajo el píe no crujiesen las hojas, nadie diría que fuese otoño, ni siquiera ese perro valetudinario que, encelado y envidioso, ronda los juegos de sus congéneres jóvenes. La luminosidad de un verano de San Martín llena la tarde de promesas engañosas: el buen tiempo presenta un futuro dilatorio, de momentos tan plenos como los días largos de toda una primavera que comienza. Allá entre los troncos más lejanos, donde un vapor ofusca la trasparencia del aire, por la llama de esa hoguera se diría que arde, en pira de sacrificio, buscando transustanciación, el otoño mismo.

Esta glorieta hacia la cual convergen ascendentes las avenidas, parece a la madrugada extinta cavidad de un cráter, en cuyo centro delata a las aguas negras del gran estanque, con un iris rojo, extrañamente cercana y encendida, la luna. Cómo llega a los huesos la frialdad húmeda de la noche, desencarnando al transeúnte y libertando su fantasma. En tal paisaje de trasmundo, sólo la fuerza del deseo retiene sobre el esqueleto los cuerpos abrazados de esa pareja en un banco, a salvo con otra forma de anonadamiento del que infligen las fuerzas maléficas de la noche roja y negra sorbiendo de las venas la sangre y filtrando en su lugar la sombra.

 

Luis Cernuda Ocnos

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Pandora en el congo 

 Todo el barrio se ha puesto de otoño. Ha llegado, como casi todo en la vida, os lo digo yo que soy ya otoñal, de repente.  Me han entrado pensamientos melancólicos en los que me encuentro muy a gusto. Para no darle a este asunto matices invernales, contaré una de esas ocurrencias, que diría mi vecina Rosa, que te vienen en momentos de relativa calma.  Me he topado con un libro que había dejado empezado antes del verano y ha desatado mis añoranzas. Es sabido por todos, hasta en la tele lo dicen, que los olores, las canciones…quedan asociados a momentos de nuestra vida hasta tal punto que, cuando aparecen los ya vividos, nos llevan allí impregnados de una nostalgia imposible ya de desligar. Con los libros ocurre lo mismo. Siempre hay algún libro ligado a espacios y tiempos ya transitados. Para mí, en el caso de los lugares, con los libros he transportado la paciencia, que no es una de mis virtudes aunque tengo varios masteres en la materia. Por ejemplo, hay libros de hospitales que me han acompañado cuando he tenido que cuidar a algún familiar enfermo con pocas ganas de conversación y muchas horas por delante. Mi bolsa de emergencias siempre contenía dos o tres libros, mi cuaderno, caramelos y una radio pequeña, con auriculares, claro (Afortunadamente mi Ipod no ha cumplido hasta ahora estas misiones) De estos recuerdo algunos: Gore Vidal: Myra Breckinridge y Myron, tan entretenida  estuve en el hospital cuidando a una de mis tías, hace más de veinte años y aún me acuerdo; de hospitales más cercanos son La aventura del tocador de señoras de Eduardo Mendoza y El guitarrista de Luis Landero. También hay libros que hacen soportar viajes largos, con esperas tediosas y, si son para el trayecto, sólo en tren, es el único medio de transporte que no marea. Luego, hay dosis más pequeñas de paciencia que llevar: salas de espera del médico, o momentos en los simplemente hay que esperar en un sitio. Ya hablé de los cuentos para estas ocasiones. Otros recuerdos que traen los libros son a quien te lo regaló o recomendó, se convierte en una presencia que te acompaña durante la lectura. También tienen pasado, tiempo guardado en sus hojas; cada momento de la vida tiene sus libros y si no tienes demasiada memoria, como me ocurre a mí, puedes recuperarte a través de lo que has leído.  ¿A qué viene esto? Además de la llegada de la melancolía en la que me sumerjo y empapo, viene por el encuentro del libro que he mencionado al principio. Es Pandora en el Congo y lo leía en paradas de paciencia diversas antes de llegar el verano, estaba forrado con un folio de cuadros para poder anotar y desapareció al emprender nuevas actividades. Lo he retomado como libro de paciencia y con su dosis de añoranza de lugares y situaciones pasadas por las que no volveré a transitar. El libro es divertido. Tiene descripciones muy ingeniosas. Si has leído La piel fría, no te sorprende tanto, pero se lee con gusto y tiene cierto toque de tebeo (en mi niñez no había cómics) que resulta gracioso. Lo mejor, los personajes. Como destripar argumentos me parece de gente sin fundamento ninguno, dejo alguna muestra de Pandora:

Mantener una conversación con ella era como pasear por un bosque de cactus. Tenía una voz áspera, remota, era como oír a una momia que nos amenazase desde ultratumba por incumplir algún tabú sagrado (Pág.37)

Habla de la casera. Su tortuga no se queda atrás…

Era angustioso verla, más delgada que una salchicha y con la piel de reptil tensada a lo largo de su cuerpo…corría como un escarabajo (Pág.39)  

Me voy con mis melancolías a supervisar los deberes, siempre inexistentes o tiraos, de Dani.

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Otoño. Me gusta.

 

Otoño

Tristeza dulce del campo…
La tarde viene cayendo;
De las praderas segadas
llega un suave olor a heno.
 
Los pinares se han dormido.
Sobre la colina, el cielo
es tiernamente violeta;
canta un ruiseñor despierto.
 
Vengo detrás de una copla
que había por el sendero,
copla de llanto aromada
con el olor de este tiempo;
 
una copla que lloraba
no sé qué cariño muerto,
de otras tardes de septiembre
que olieron también a heno.
 
J.R. Jiménez, Pastorales

 

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