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Mudanza

Sigo en mi nueva casa.

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Hacer compañía

 compañía

La melancolía de este otoño extraño me trae por aquí otra vez.  Me refugio en mi casa-blog. Estoy comprobando, más bien confirmando,  cómo los seres humanos tienden a los grandes gestos, pero se olvidan de lo que importa. No es aquello del dedo y la luna, el árbol y el bosque, ni lo invisible… ni ninguna historia de esas que te quedas con cara de vaya cara tonto si no sé qué quiere decir. Me dan escalofríos cuando oigo aquello de aquí me tienes para lo que haga falta, el trasunto es: sé que no va a hacer falta o échame un galgo cuando la haga; o lo de si me necesitas… ¿qué pasaría entonces? Es más fácil…aquello del detalle, lo pequeño: una llamada para nada, porque me acuerdo, un e-mail ahora que es sencillo y asequible. Pero claro, hace falta que realmente te interese acordarte más allá de quedar bien. La navidad que llega es el remate, siempre me ha gustado, eso sí, pero la superficialidad nos invade más aún. La verdad es que el Principito lo explica muy bien, más bien, el zorro. Pero no nos quedemos en ramas cursis, la interpretación, no la obra por dios. Me chirría poner el corazón por medio, ¿para qué tenemos cerebro? Para saber, analizar, intuir, etc. Hace falta mucho cacumen para encontrar el matiz preciso de una de las acciones más difíciles “hacer compañía” , apenas se utiliza ya la expresión salvo para hablar de perros o gatos; realmente podríamos aprender de ellos, cada uno a su manera, siempre están ahí, intuyen cuando su dueño (no voy a buscar otra palabra, es nuestra, no sé cómo nos llaman ellos) los necesita, con un gesto, una patita, un lametón lo dicen todo, sin molestar ni acaparar, sin que sea más importante su presencia que el desánimo de la otra persona. Qué pena, parta hablar de esto sólo se me ocurren ejemplos de animales…

 

Los Soprano

 

 

los_soprano

Casi con el verano he terminado de ver las seis temporadas de Los Soprano, todas seguidas. Había visto capítulos sueltos sin enterarme de nada. Es una serie que hay que ver de principio a final, por tanto la televisión no es la mejor opción. Es un peliculón larguísimo y muy bueno. Es coherente de principio hasta el penúltimo minuto. Una cita diaria con una serie de personajes por los que no vas a sentir ninguna empatía,  sí que se siente una familiaridad con el paso del tiempo, cortada invariablemente por una brutal paliza. El espectador es el único que va conociendo a todos. Unos a otros, ni ellos mismos, se conocen,  sólo van de la desconfianza a la lealtad según se levanten ese día. Capítulo a capítulo se va adivinando quién se busca un tiro o una paliza. La combinación realmente original es hacer una serie basada en la evolución interna de unos personajes y centrarla en un mundo donde parece que la introspección no va dar mucho de sí. Las escenas más violentas de asesinatos y golpes, también las más explícitas entre los mafiosos y sus chicas van disminuyendo a medida que avanza la serie, ya sabemos en qué mundo nos vamos a mover. El eje de la serie es la conversación continua entre Tony Soprano y su siquiatra, en la que aparece  siempre la figura de la madre de Tony,  veremos a Livia en acción hasta su muerte. Ella es el personaje más logrado de la serie, mafiosa de espíritu: manipuladora, extorsionadora, egoísta, sin lealtad ni cariño a los suyos, etc. Hay algunos que parecen salir de ese patrón, pero son sólo pequeñas escaramuzas como los intentos de Carmela por tener una independencia, agotados ante la imposibilidad de conseguir algo en su divorcio; la rebeldía de Meadow que puede compatibilizar su preocupación social con el medio de vida de su familia; la estéril concienciación de Tony hijo, o la relación filial de Tony y Christopher que va pasando del cariño al asesinato. Quizás el único que tenga cierto halo de idealismo sea Furio, curiosamente el único italiano, fue capaz de respetar a Carmela, de amarla platónicamente por respeto a Tony más que por miedo y huir como mejor solución.  No hay ni un solo personaje que no sea real, verosimil, todos van evolucionando; la relación de cada uno con los otros también es peculiar. Se podría hablar horas de cada uno. En cuanto al final, sabe a poco. Más que una genialidad parece un no sé qué hacer y  mejor dejo una puerta abierta para continuar con la serie o  una película. Sería al fin y al cabo un final de gusto de Tony Soprano: una posibilidad abierta para seguir con un negocio muy rentable.

Ya los echo de menos.

 

 

Mal de escuela

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Nueva reseña, en la Biblioteca.

Pólvora negra. Mateo Glez.

 

polvoranegraNueva reseña en la Biblioteca

pinillaNueva reseña en la Biblioteca.

San Flautista de Hamelin

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Hoy he cometido uno de esos errores de no haberlo pensado antes... Verano, vacaciones, final de mes, 12’30pm ¿Qué hago yo? Pues ir a comprar, si señor, con dos bolsas. Primero, me he pasado por las rebajas de DVDs, menos mal, por un lado y más peor por otro: una bolsa más. Ya he notado, en los DVDs, un ambiente extraño, un murmullo de niños unos decibelios más alto de lo normal. Bien, yo a lo mío. He comprado El Bazar de las sorpresas, de Lubitsch, que me gusta mucho y no tenía. Ya podía ir hacia las frutas y verduras. Una vez puesto el pie, con mis dos bolsas vacías y una llena, en la gran superficie de alimentación, he recordado mi devoción a san Flautista de Hamelin. Es mi héroe. Cada pasillo estaba ocupado por una media de cuatro a cinco infantes acompañados por uno de sus progenitores, dos en algunos casos; no hubiese pasado nada si hubiesen estado solos. He contemplado un despliegue de la cultura española en lo que a la crianza de zangolotinos se refiere. Lo más frecuente:

-Los niños dentro de los carros donde yo suelo poner la comida. Ya se sabe que los niños no pisan el mismo suelo con caca de perro que los adultos, así que no pasa nada y por eso el personal de los comercios no ve nada tampoco.

-También podemos observar cómo el niño/a tiene que informarnos a todos a grito pelao de sus deseos, observaciones, consejos de compra y gustos alimenticios.

-Ya en la cola de la caja, cuando me han salido unas cuantas canas más y un tic en el párpado, si el muchachito/a puede, te pisará o manoseará tu compra. Luego, se colocará entre el carro y su mamá para que el proceso de volver a recoger los productos pasados por caja sea lento y con unos cuantos alaridos más. Tras esto, caminará  sin llevar un solo paquete, con su madre indefensa bajo dos bolsas en cada mano y otra en los dientes, además del carrito.

Por eso he deseado que apareciese san Flautista de Hamelin con su flauta, mejor con toda la banda que si no, no lo oyen. Que se lleve a las criaturas a las montañas y las devuelva criaditas a sus papás, luego que se los lleve a ellos y les dé un cursillo.

Voy a por unas velitas.

velas